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MJ en el barrio valenciano de Ruzafa
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Image by Antonio Marín Segovia
Russafa o la muerte de la ciudad popular
Por: Manuel Delgado | 12 de febrero de 2015 – EL PAÍS

Russafa era, hasta no hace mucho, un barrio popular. Decir barrio es referirse a una porción de territorio urbano dotado de una identidad que quienes viven o lo frecuentan reconocen porque aparece asociada a funciones, sentimientos y sensaciones singulares. Popular significa que el barrio así calificado está habitado por familias con un nivel económico medio o bajo, pero con una determinada manera de vivir juntos extraordinariamente creativa, es decir una cultura propia que lo hace distinguible.

El problema surge cuando a las autoridades mercantiles, y las municipales a su servicio, le da por declarar un barrio popular como "histórico" y decidir su "rehabilitación". Y ya sabemos qué quiere decir rehabilitar. Rehabilitar, en un contexto neoliberal, es no solo transformar una determinada morfología urbana, sino sobre todo destruir una trama de relaciones sociales consideradas inconvenientes de cara la conversión de un determinado territorio en negocio. Se amplían aceras, se mejoran accesos, se rehabilitan falladas…, y de forma automática el barrio pasa a ser competitivo en el mercado, en este caso en el mercado de barrios. Pero en realidad sabemos bien que rehabilitar un barrio quiere decir, casi siempre, inhabilitar a quienes fueron sus vecinos para continuar viviendo en él.

En Valencia saben bien los desmanes que provoca este tipo de procesos. Para un barrio, la atribución de la denominación de origen "históricos" significa poco menos que una condena a muerte, al menos para continuar siendo lo que era. Lo vimos en el Botànic, el Cabanyal, la Punta, Sant Isidre, Benicalap y el mismo Carme, en el centro de la ciudad, desolaciones sobre las que publicaba hace no mucho un excelente estudio el equipo de investigadores de la Universidad de Valencia que dirige Josepa Cucó (La ciudad pervertida. Una mirada sobre la Violencia global, Anthropos).

También recayó sobre Russafa ese fatal destino de ser marcado como "área de rehabilitación del centro histórico". Como consecuencia de tan catastrófica distinción, hoy se lucha allí por mantener a raya la invasión masiva de bares modernillos que ocupaban hasta hace poco otro tipo de comercios, que hacen insufribles ciertas noches y saturan de terrazas un espacio público cada vez más flamante pero menos público. Uno recorre vías como Puerto Rico, Tomassos, Dènia, Cuba, Sevilla o Pintor Salvador Abril y se las encuentra flanqueadas de una arquitectura peculiar recién pintada y unas aceras amplias y elegantes, pero ni en esos edificios vive o vivirá lo que fuera su vecindario, ni por esas calles continuaremos viendo pasear por mucho tiempo el mismo tipo de gente que hasta hace no mucho las recorría.

En este momento, los vecinos de Russafa intentan aliviar los catastróficos beneficios de la reforma de su barrio y continuan luchando por lo que siempre han luchado y nunca han acabado de tener, porque la reforma urbanística parece no haberlo previsto: mejores equipamientos escolares, más zonas verdes y y, justo en estos días y como tema de una campaña vindicativa (www.russafa.org), espacios para el encuentro, el juego, el deporte y un ocio no consumista, en este caso aprovechando las espléndidas instalaciones ferroviarias, ahora en ruinas, debidas al arquitecto Demetrio Ribes, autor de algunas de las estaciones de tren más bellas de España.

De esos restos cabe esperar que no sigan la triste suerte que corrieron, en la misma Valencia, los de las antiguas serrerías y otros recintos de lo que fue la primera zona industrial de la ciudad. Aunque peor que la demolición sería que cuajara la insinuación municipal de convertirlas en uno de esos llamados "contenedores culturales" que han de presidir cualquier gran operación urbanística, léase inmobiliaria. Si en lugar de un espacio al servicio del barrio las naves Ribas se convierten en uno de esos lugares estériles en los que la diosa Cultura oficia sus misterios.

Si es así, Russafa conocerá la irrupción todavía más masiva de un público constituido por turistas, snobs y usuarios “de calidad”, en su entorno se empezarán a abrir librerías, talleres de artistas o arquitectos, más bares y restaurantes de diseño, tiendas de moda…, cuyos clientes será una horda de jóvenes de clase media y cosmopolitas con una capacidad adquisitiva muy por encima de la de la mayoría de actuales habitantes del barrio. Luego pasará lo mismo que en tantas otras ciudades: el precio del suelo subirá aún más y ello acarreará el paulatino exilio de los vecinos de rentas bajas, sobre todo personas mayores, al tiempo que se confirma el freno que ya se estaba registrando en el asentamiento de inmigrantes, que por doquier son los contingentes de refuerzo que están recibiendo los barrios populares para no dejar de serlo.

Manuel Delgado. Profesor de antropología urbana en la Universidad de Barcelona. Ha estudiado la construcción de las identidades colectivas en contextos urbanos y los efectos sociales de la transformación de las ciudades y los conflictos que se derivan, así como sobre la apropiación social de los espacios públicos. Es autor, entre otros muchos, del libro ‘El animal público’ (Premio Anagrama de Ensayo, 1999).

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